Escuchar el cantar de los pájaros, en una mañana calurosa, en un día lleno de viveza.
Escuchar los latidos de su corazón, en una cama de satín, en una noche de amor.
Escuchar los lamentos, en una tormenta catastrófica, en una infausta tarde gris.
Y así, sin más ni menos, aquellos sonidos penetran los oídos hasta el punto de ensordecer, hasta convertirse en una inevitable usanza.
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