Entre el gris y el tenue azul del firmamento, me pasé el día, merodeando entre una y que otra nube. Platiqué con ellas, pero sólo una llamó mi atención; era gris y estaba acongojada. Sabía muy bien que iba a llorar y que opacaría a las demás.
Estando en tierra, y cuando la exorbitante noche llegó a su punto auge, como supuse, se apoderó del firmamento y empezó a plañir. Era tanto el suplicio que habitaba en su interior, que sus lágrimas quemaban mi piel.
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